A veces ocurre que el resultado final de un proyecto poco tiene que ver con la idea inicial que nos rondaba. Claro que el resultado casi siempre es óptimo. Esto justamente es lo que le ocurrió a la propietaria de esta vivienda, que soñaba con un refugio de campo en una región que ella adora desde niña, Cantabria. Su deseo era una casa que recordase a los clásicos cottages ingleses y así se lo hizo saber al arquitecto, Eduardo Manzanares, y a las decoradoras Begoña Calzada y Marián García Mayoral, encargadas de todo el interiorismo. «El caso es que, cuando visitó nuestro estudio y tienda, La Ralúa, se enamoró de las vigas de eucalipto que visten el espacio. Entonces viajamos a Soria para comprar una madera similar, esta vez de pino, que se convertiría en la estrella de la decoración y daría un giro de 180 grados al estilo», nos explica Begoña Calzada.
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Además de toda la viguería, con este material se realizaron lamas largas y anchas, con diferentes tamaños, para revestir los suelos –a excepción de la entrada y de la cocina, donde se empleó cemento pulido–. El encanto de la madera residía en su color, suave y auténtico, sin tratar. Gracias a ella, la casa refleja lo que llamamos una línea eco-living, natural, que define el nuevo estilo rústico. «Y se podría decir que guarda algo del interiorismo inglés, de la decoración cántabra y hasta pinceladas francesas, con las puertas de cuarterones y sus contraventanas exteriores», cuentan las decoradoras.
En cuanto a la organización espacial, se optó por la vía más habitual: zonas comunes en la planta baja y dormitorios y baños en la superior. Al salón y el comedor, unidos por un gran vano, se les otorgó la importancia que merecen en una casa de campo pensada para disfrutar durante todo el año: ambientes muy amplios y luminosos, despejados y con una visión familiar.
Por una empinada escalera, en madera pintada y con los peldaños redondeados, llegamos al largo pasillo que distribuye los dormitorios. Aquí se desechó la idea de crear falsos techos, dejando así al descubierto las inclinaciones del tejado a dos aguas. Eso sí, se revistieron también en madera pintada para que resultara más acogedor.
En cuanto a la decoración, se propusieron darle a toda la casa un clima muy vivido, con reminiscencias del pasado, e incluso con muebles envejecidos o de aspecto algo deteriorado. Y lo consiguieron. Expertas en localizar piezas para reciclarlas, dieron a esta vivienda de nueva construcción ese halo de misterio y encanto que siempre transmiten las casas de antes. Los pequeños detalles de la dueña, como velas encendidas –prácticamente en todas las mesas hay velones o candeleros– y recipientes antiguos con ramas frescas de eucalipto, son los que rematan los interiores. De diez.