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Traspasar el umbral de entrada y sentirse a gusto. Esa es la clave de una casa bien planteada como esta, donde la decoradora Ania Azcárate sentó las bases de un interiorismo confortable, rendido a los principios fundamentales que unen practicidad y un punto de glamour. En la reforma, los cambios de distribución fueron mínimos –eliminar algún tabique en las zonas comunes para conectar los espacios–, pero se aprovechó para renovar cocina y baños, y todo el piso se sometió a una transformación estética. Los «retoques» ayudaron a crear un conjunto en el que la luz y la amplitud de los ambientes aportan un delicioso clima de sosiego y elegancia natural.
Los suelos y rodapiés de tarima de roble se tiñeron de blanco y, junto con los techos y paredes pintados también de blanco, pero roto, definen un espacio con la claridad como objeto de culto. En esta escenografía, cobran especial protagonismo ciertas piezas del mobiliario como, por ejemplo, los rotundos armarios chinos o algunos muebles ingleses de madera de caoba, que dosifican aquí y allá toques oscuros en contraste con el fondo inmaculado.
Es a la hora de introducir los detalles cuando la interiorista Ania Azcárate ha jugado su principal baza. La cuidada elección de los textiles merece una mención aparte: sus texturas –hilo, franela, terciopelo, seda natural– aportan un plus de riqueza y exquisitez, a la vez que la vistosidad de algunas de las combinaciones o de los estampados animan las butacas antiguas, por ejemplo. Además, la sutil mezcla de colores plasmada en pequeños objetos y adornos pone sal y pimienta a un escenario sobrio y contenido.