PUBLICIDAD
Si a este antiguo edificio industrial, ya por él mismo interesante y con carácter, le sumamos el factor humano, la personalidad de sus ocupantes, el resultado gana atractivo a pasos agigantados por una razón crucial: aquí vive Nancy Robbins con su marido, el pintor Edward Robbins. Y es que hablar de esta diseñadora industrial e interiorista –nacida en Michigan (EE.UU) y afincada en España desde 1972– es hacerlo de una pionera del diseño en nuestro país. Además, ellos fueron de los primeros en Barcelona en poner el ojo en un espacio fabril para convertirlo en su casa.
Este loft responde fielmente a los orígenes, incluso a los tópicos, neoyorquinos del término: ocupa una vieja nave –en su día formaba parte de una fábrica textil que perteneció a la familia Sert– y es un espacio diáfano habitado por una pareja de artistas. «Cuando la compramos, por cierto un día de los Santos Inocentes –dice Nancy, riéndose–, nunca pensamos que sería para vivir y la reformamos simplemente para hacerla habitable». La intervención fue moderada: instalar el suelo de madera de eucalipto blanco, ubicar la cocina y los baños donde había bajantes y tomas de agua, conservar la sucesión de huecos al exterior mejorando el aislamiento con nuevas ventanas y, sobre todo, pocos tabiques.
«Se trataba de lograr el máximo con el mínimo de recursos». En este caso, ganó la imaginación, algo que a Nancy Robbins no le falta: «Invertimos poco dinero –continúa–, porque prescindimos de un concepto clásico de decoración; más bien, se trataba de adaptar las cosas que teníamos, que formaban parte de nuestra vida, y lograr con todo ello una imagen coherente». Los espacios aglutinan, en grupos versátiles fáciles de modificar a capricho, mobiliario producido por ella o por diferentes firmas, creaciones de su marido y piezas antiguas rescatadas de mercadillos.