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Esta es la tercera vez que los dueños de este piso madrileño acuden al estudio Melián Randolph para encomendarles la transformación de una casa. En esta ocasión, partían de una vivienda obsoleta –no se tocaba desde los años 60–, cuya arquitectura se prestaba a un cambio radical que primara las estancias amplias y los acabados sencillos y de calidad con apenas concesiones ornamentales, sólo algunas molduras para atraer la atención hacia una zona concreta.
La familia buscaba una organización con amplias zonas de estar, muy cómoda. Las interioristas, con la ayuda de la empresa de reformas Darimo cambiaron totalmente la distribución y las instalaciones: así, los techos subieron y se estudió concienzudamente la iluminación, sobre todo en áreas interiores, a las que se hizo llegar la luz natural mediante la apertura de vanos y puertas correderas. De tres terrazas, sólo se conservó una a la calle. Las otras dos se ganaron para el dormitorio principal y la cocina, punto neurálgico de reunión. Ésta y el office se unieron con el lavadero, lo que dió lugar a un gran espacio. Se unificó asimismo el salón y el comedor, junto a la sala de televisión, y se dio una gran importancia a la suite principal, que incluye un hamman turco.
La paleta de colores es muy sobria: blanco, negro y gris, con pinceladas de tonos poderosos que captan la mirada, como el antracita que cubre un paño del comedor o el mural de bambúes de la sala de estar. Las carpinterías que dan a la calle son metálicas, en un aluminio matizado con rotura de puente térmico, pero las puertas de paso y armarios se lacaron en el tono de las paredes, para elevar la armonía general, sólo constrastada por la madera teñida del suelo.