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UNA CASA DE CAMPO EN CANTABRIA
EL PAISAJE LO MERECE
De nueva construcción, esta residencia cántabra invoca al pasado montañés en todos sus rincones. Una arquitectura que se mimetiza con las viviendas de la zona: materiales autóctonos y una decoración con solera han hecho posible el conjuro.
SUMA DE ANTIGÜEDADES
Baúles chinos de piel del s. XVIII, de Gloria Aguirre como la ménsula francesa antigua y los objetos sobre la consola, chapada en cinc. De Carina Casanovas: lámpara con pie de piedra, figura china de terracota de la dinastía Han y dibujo del s. XIX. El remate de hierro se compró en una feria de antigüedades londinense; el cuadro, en Durán Subastas como el piano del fondo del s. XIX.

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Pasaron casi dos años hasta que los propietarios de esta vivienda dieron con lo que estaban buscando: un terreno en el norte de España, con casa o sin ella, que ofreciera un emplazamiento privilegiado. Y vaya si lo encontraron, una magnífica parcela en una zona de Cantabria a tan sólo dos kilómetros del mar. El reto pasó a ser entonces levantar una vivienda a la altura del lugar y no hubo dudas al respecto: la casa debía respetar el entorno y la arquitectura autóctona, por lo que, aunque fuera de nueva construcción, tendría que parecer que llevaba allí toda la vida. ¿Y quién mejor para realizar este cometido que profesionales de la zona? El estudio Sobrellano Arquitectos y la constructora Joaquín Díaz fueron los ejecutores del proyecto, un unifamiliar organizado en tres plantas, que respira autenticidad. «Además de su diseño, típico de la zona, con tejado a dos aguas, porche y balconadas –nos comenta la dueña–, los materiales y revestimientos se eligieron a conciencia para no desentonar. Cuidamos hasta el más mínimo detalle, como las barandillas de los balcones, que acabamos encontrando en una tienda de antigüedades, El Castillito, después de muchas pesquisas». Otro de los aspectos que estaban claros para la familia era que deseaban una vivienda muy cómoda. «Pedimos a los arquitectos una organización abierta, sin laberintos, que resolvieron con plantas cuadradas y evitando divisiones innecesarias». El resultado son espacios amplios que se comunican de forma fluida mediante vanos o giran alrededor de pilares de madera que actúan como casi invisibles puntos de demarcación.
En cuanto a la decoración de los interiores, la tónica fue la misma: ambientes acogedores y atemporales que fueran en consonancia con el estilo de la edificación. Lo pensaban así los propietarios, que se han encargado personalmente de vestir las estancias con una base de sobrios colores neutros. Crudos, tierra, piedras... componen la base cromática, salpimentada con detalles de color en elementos como los cojines o los kílims, para dar inyectar ráfagas de vivacidad. El mobiliario son piezas de factura clásica entre las que abundan antigüedades y objetos de almoneda. «Muchas de las cosas llevaban años en el trastero esperando su momento. Ahora, aquí, parecen tener más solera y mucho más encanto». Pero, sin duda, uno de los aspectos clave de la decoración es el paisaje exterior: «Quisimos que tuviera un papel muy relevante, por lo que concebimos la vivienda surcada de ventanales por todos sus flancos. Estos enmarcan de tal forma el exterior y lo introducen en los espacios, que actúan como auténticos e impagables cuadros naturales».