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Con los objetivos muy claros, entre los que la sencillez se erigió como el primero de la lista, la empresa promotora LF91 encargó la creación de esta vivienda mallorquina al arquitecto Miguel Ángel Lacomba. Orientada al sur, con la montaña a sus espaldas y mirando a la piscina y al jardín mediterráneo, la casa se levanta en una planta, tan sólo coronada por un volumen cúbico en el centro, en el que se encuentra el dormitorio principal. Como una de las notas características, se imprimió una disciplina cromática basada en dos colores: blanco –rotundo y omnipresente–y gris, acompañados de la cálida madera.
Este trío básico se anuncia desde fuera: las formas cúbicas del edifico se han revestido con piedra arenisca, que recubre todo como una piel blanca y luminosa. Sobre ella destacan persianas mallorquinas de madera de iroco, convertidas en paneles correderos que se deslizan para proteger del sol y dar intimidad. Y el gris, en las finas perfilerías de la carpintería de aluminio, de Schüco, que sostienen los grandes ventanales. Tras ellos, en el interior, la mano del estudio de decoración Mestre Paco ha seguido la misma tendencia y siempre respetando esa esencia minimal tricolor.
Tanto en el espacio abierto en el que se desarrolla el programa de día como en los dormitorios se ha trabajado para crear ambientes frescos no exentos de un cálido confort. Junto con el blanco inmaculado se han introducido llamadas de atención en madera: los volúmenes de las escaleras y el mueble contenedor de la entrada, o el mobiliario del comedor, de roble claro. Detalles con la naturalidad como bandera que aportan una identidad mediterránea muy actual.