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Con gusto, mimo y mucha calma –tres años ha empleado su dueña en recopilar las piezas que conforman el interiorismo–, este piso madrileño se ha ido convirtiendo en la vivienda soñada para una familia con dos hijos, el ambiente perfecto donde encontrar sosiego y relax tras cada jornada laboral. Situada en un céntrico edificio de los años 50, la casa presentaba una distribución bastante acorde a las necesidades de los nuevos propietarios. Tan sólo se transformó lo que era la antigua zona de servicio para reconvertirla en el actual comedor de diario con una pequeña zona de estar.
De la reforma y puesta a punto se encargaron Gálata Sáenz Mariscal y Juan Carnicero, del estudio Gálata+Juan. Básicamente, consistió en crear los nuevos espacios y renovar todas las instalaciones: electricidad, fontanería, calefacción y cerramientos. También la cocina y todos los cuartos de baño se hicieron nuevos. Asimismo, se sustituyeron los rodapiés por otros más altos, y se concedió especial atención a la pintura de las paredes: semilaca en general y acabados decorativos en los salones, comedor y pasillos.
En cuanto a la iluminación, se optó por las lámparas puntuales de pie y sobremesa, que ofrecen una luz matizada e indirecta. ¿La excepción? Las magníficas arañas de techo en el recibidor y el comedor. En la gama de los tierras, los colores dominantes recorren paredes, textiles y alfombras, creando una dulce sintonía con la cuidadosa lista de muebles y complementos –destacan las piezas de la primera mitad del siglo XX y algunas antigüedades trufadas con diseños actuales de formas amables. El resultado son ambientes que demuestran que la simbiosis entre pasado y presente compone escenarios enriquecedores y con corazón.