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Quién dijo que los paraísos no existen? El empresario italiano Carlo Sama residía ya en Formentera cuando decidió comprar esta construcción, una vivienda formada por dos edificios, uno anexo al otro, que había sido levantada en los años setenta en uno de los enclaves más bonitos de la isla, con vistas hacia la vecina Ibiza y el islote de Es Vedrá, y rodeado por completo de vegetación. La casa tenía una buena distribución, por lo que no fueron necesarios cambios estructurales. Pero carecía de espacios exteriores equipados y aquí es donde se produjo la principal transformación: crear zonas outdoor que permitieran disfrutar al aire libre. Para ello, se montaron diferentes porches, de forma que ahora cada estancia cuenta con salida directa a un espacio exterior, y se construyó el área de piscina, con un pabellón que proporciona sombra y sirve de lugar de descanso.
Ya en el interior, se decidió respetar la organización de espacios inicial de la casa, que se alquila por temporadas. El edificio principal alberga el salón, la cocina y dos habitaciones con sus cuartos de baño. Cuenta, además, con un altillo en el que se ha ubicado una zona de estar. Otros dos dormitorios con baño enclavados en el anexo completan los ambientes. Asimismo, se conservaron los elementos originales de la construcción, detalles que, como las vigas de madera, los suelos de cemento y piedra, o la chimenea del salón, reflejan la quintaesencia de la arquitectura rural.
Pero, en cambio, sí que hubo una renovación absoluta del interiorismo. El planteamiento era conformar unos espacios completamente integrados en el entorno, que invitaran sin dudas al descanso y a la tranquilidad, y para conseguirlo utilizaron unas armas infalibles: muebles y piezas de madera, procedentes en su práctica totalidad de la tienda Catalina House, que se alían con tejidos frescos y colores claros en una sinfonía natural para realzar las vistas del paisaje que se cuelan por puertas y ventanas. Y ello, aderezado con una suave iluminación proveniente de apliques y lámparas.