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Su actual imagen bohemia –resultado de una nueva filosofía espacial, al estilo loft neoyorquino, el maquillaje vintage y una lista de recuerdos de viajes– dista mucho del piso originario que encontró el interiorista Ramón de Abadal cuando le encomendaron la remodelación y el proyecto de interiorismo de esta vivienda. Lo que él visitó en un principio fue un espacio tradicional, con una planta excesivamente compartimentada y un aspecto desfasado: «Había molduras, suelos de baldosa hidráulica de poco interés y, además, techos falsos que reducían mucho la altura», nos explicaba el autor.
Lo más destacado de su planta es el patio central, que actúa como una caja de luz que proyecta claridad a todo el interior a través de miradores. Asimismo, este espacio se encarga de separar actualmente el despacho de lo que es la vivienda propiamente dicha –salón con comedor, cocina y suite con baño–. Esta nueva distribución, joven y diáfana, se sitúa a la altura de la renovada lista de materiales que han transformado su interior. Así, las desgastadas baldosas hidráulicas ha dado paso a una fabulosa tarima de roble macizo teñido y envejecido para aportar un aire de siempre y conseguir más calidez.
También se descubrieron los elementos arquitectónicos del techo, que se patinaron para ganar ligereza.
En cuanto a la decoración, Ramón de Abadal propuso un estilo natural que incluye una amplia lista de piezas de aquí y de allá, tesoros traídos de viajes y muebles con procedencias muy diferentes. Esta mezcla, junto con una fantástica colección de
cuadros muy bien ubicados, es lo que convierte al piso en un espacio totalmente personal y exclusivo.
Como colofón, la casa cuenta con un capricho de exterior: el enorme patio, al que se puede acceder desde todas las estancias a través de una sucesión de correderas de cristal, de Technal, donde la vegetación es protagonista.