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El piso recién construido mostraba un aspecto sobrio, impersonal y ausente de ornamentación, pero con una nota de calidez: «La madera era protagonista incluso en algunas paredes, puertas y pilares. Un confort que debía aliarse con la decoración que yo propusiera», nos revela Javier Castilla, a quien los dueños encomendaron el proyecto de decoración. Con su inconfundible sello, marcado por la elegancia del clásico revisado, el interiorista estudió con minuciosidad las bases cromáticas: «Busqué texturas ricas, con cuerpo, como los terciopelos, y en un abanico de tonos neutros que suavizaran las maderas».
Pintura y papeles pintados, muebles tapizados, grandes alfombras artesanales enmarcando ambientes..., cualquier pieza se ha tornado clave a la hora de potenciar la luminosidad de la casa. Sólo algunos almohadones y butacas en azul Prusia, además de la mayoría de las mesas que salpican los ambientes, se animan a quebrantar la unidad cromática. Claro que la sobredosis de elegancia vino a cargo de los sutiles contornos de algunos muebles, diseño del propio Javier Castilla, que se han combinado con otros adquiridos en anticuarios y subastas o que son recuerdos familiares. Un mezcla serena que enriquece y añade emoción a la atmósfera.
El sentido estético y la sensibilidad desplegada incrementan sobremanera la sofisticada personalidad de la vivienda, junto a la colección de pintura y escultura reunida por los propietarios: «El cuadro de Jorge Fin merecía un lugar privilegiado y una escenografía única. Por eso lo enmarcamos con las cortinas de los ventanales y lo dispusimos justo encima del gran sofá Hitchcock», explica el interiorista.
Otro escenario importante al trazar el proyecto fue el dormitorio principal, planteado con dos zonas, una de descanso y otra de estar, como si se interpretara la suite de un hotel boutique. El atractivo juego de rombos sobre la pared, el sofá y hasta la alfombra, o las pinceladas en rosa, revelan el mimo exquisito con que se ha trabajado cada espacio, cada rincón de este piso.