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OJO TRANSGRESOR
Los materiales, hormigón blanco y vidrio, inusuales en el entorno, y la estructura, abierta al exterior y con distribución lineal, personalizan esta residencia suiza concebida por el arquitecto Vincent Mangeat.
Una inmensa cristalera comunica visualmente la vivienda con el porche y el jardín, donde dos hamacas de teca descansan sobre el césped. El ventanal permite, además, que la luz natural inunde el interior y enmarca el espectacular paisaje, con vistas al lago Léman.


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Cada cierto tiempo, la arquitectura causa un revuelo en el pueblo suizo de Givrins. A mediados del siglo pasado fue la nueva iglesia con su afilada torre la que desató las críticas. Cincuenta años después le tocó el turno a este unifamiliar de hormigón, vidrio y cobre, proyectado por el arquitecto Vincent Mangeat en colaboración con Pierre Zwahlen. Los propietarios, que habían visto varios trabajos de Mangeat, lo eligieron precisamente por su estilo: fuerte y atrevido. Pero, obviamente, la construcción resultaba demasiado moderna para los vecinos más conservadores del lugar y motivó feroces opiniones en contra que acabaron resolviéndose en los tribunales, donde la vivienda obtuvo finalmente el visto bueno de la comunidad, un requisito que resulta totalmente imprescindible en el país helvético. «Ocurre que, algunas veces, la buena arquitectura provoca reparos —dicen los dueños— y, además, nuestra residencia rompe los cánones estéticos convencionales, especialmente al estar ubicada en el campo».
La parcela, con una extensión de 1.600 m2, es una franja de tierra alargada situada justo en el límite del pueblo. La casa, distribuida en dos plantas, se desarrolla a lo largo del terreno y cuenta con un patio ajardinado y un porche. El primero, con el suelo de césped y múltiples hamacas para tomar el sol, es el ambiente más próximo a la calle y está delimitado por altos muros de hormigón blanco que preservan la intimidad de la familia. Contiguo a él está el monumental porche cubierto, habilitado como comedor al aire libre y que comunica directamente con la vivienda.
«Le pedimos claramente al arquitecto —explican los propietarios— mucha luz natural, mucho vidrio y la máxima transparencia». No hay ninguna duda de que el proyecto realizado por Vincent Mangeat ha cumplido plenamente a sus expectativas. Las fachadas orientadas al sur y al oeste —esta última con salida al porche cubierto— captan todas las vistas del paisaje enmarcándolo a través de amplias cristaleras, mientras que la cara norte de la casa, expuesta a los fuertes vientos de las montañas del Jura, tan sólo se abre al exterior a través de una estrecha franja acristalada que recorre el muro perimetralmente.
El interior retoma el blanco de la fachada como base cromática de todos los ambientes, incluso de los cuartos de baño, lo que crea un fuerte contraste con los suelos de cemento y parqué de madera de doussié en tono miel.
La distribución se articula a lo largo de dos amplias plantas. El salón-comedor se encuentra en el nivel de calle y se ha separado de la cocina y del área de servicio por un largo muro central tras el cual arranca la escalera que comunica con el piso superior. En esta segunda planta se hallan la zona de dormitorios y baños, un estudio y una luminosa galería habilitada como biblioteca, que es, además, el eje que articula las estancias. El mobiliario conjuga depurados diseños en madera y vidrio con tapicerías blancas o grises que aportan luz al interior, y, a pesar de su look ultramoderno, el ambiente se siente plenamente vivido.





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