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Con una gran sonrisa y las manos llenas de tierra, Silvia nos abre la puerta de su
chalé en Benalmádena. Economista y ex miss con vocación de comunicadora, está a punto de salir hacia Madrid para ponerse al frente del magacín matinal Por la mañana, en La Primera de Televisión Española. El aire huele a jazmín, a Mediterráneo, y también a viaje y a maletas recién hechas: «Quiero dejar todo plantado antes, ya que tardaré en volver. Me da pena porque adoro esta casa, pero estoy feliz con el giro que ha dado mi carrera». Y es que, aunque todos asociamos su simpatía a un
concurso, lleva ya 16 años en la profesión: «Pasapalabra es un programa al que amo y al que le debo todo mi reconocimiento profesional, pero que ocupa sólo cinco años en mi currículum. Ahora vuelvo al periodismo televisivo y este trabajo va más con mi carácter y con mi persona. Afrontar nuevos retos es algo que me apasiona».
Probablemente, cuando estas páginas vean la luz Silvia ya se encuentre de regreso a su pequeño paraíso: «Volveré porque aquí siento paz y relax. Éste es mi sitio y esta casa la mía, cada rincón, cada objeto, me define; esta casa soy yo».
De sus tres viviendas, dos en Madrid –un piso moderno en la ciudad y un chalé en la sierra– y la de la playa, Silvia Jato eligió mostrarnos esta última: «He pensado desde el ladrillo hasta el último detalle y me identifico con ella al cien por cien. Mi sueño
sería vivir todo el año aquí, pero como la perfección no existe, me conformo con temporadas». El cómo ha llegado una gallega residente en Madrid a la costa malagueña
tiene su porqué: «Venía todos los veranos y la gente me conoce desde niña, en el chiringuito, en el quiosco, en el súper... Todos me aprecian y hasta me ayudan dando pistas falsas a los paparazzi que buscan robarme fotos con los niños o en bañador ». Silvia tenía muy claro, por tanto, que éste era su lugar. Pero, ¿y el estilo de casa?: «Quería un espacio cómodo, de aire andaluz, pensado para disfrutar en vacaciones, pero con cosas especiales. Y con mucha agua. Me gusta el movimiento del agua. Es propia de las culturas árabe y musulmana, y también se usa mucho en Indonesia». De un viaje a este país surgió la idea de convertir después la casa en balinesa: «Me quedé fascinada con la decoración de la isla porque emana paz, relax y tranquilidad, y pensé: ¿por qué no darle ese espíritu a la vivienda? Fuimos a buscar los muebles y nuestro amigo Bagús, que murió después, nos acompañó. Íbamos donde compran ellos y así nos recorrimos la isla eligiéndolo todo.
Luego, él se encargó de ir a recogerlo y llevarlo al barco. Cuando meses después vi el contenedor delante de la puerta, no lo podía creer. Construimos a la medida de estas cosas. Por eso, y por el amor que le puso Bagús, este lugar es muy especial y le tenemos un enorme cariño». El arquitecto Pablo Gómez colaboró con Silvia y su marido, Eduardo San Román, para que el proyecto se acabase tal como ellos deseaban, algo a lo que también contribuyó la decoradora Cristina Rodríguez. «Me gusta poner la base y que luego un profesional me diga cómo perfeccionarla», explica Silvia. Si tuviera que elegir un espacio de la vivienda, no lo duda: «La casita de los niños que construyó mi hermano.
Lucas y Claudia son muy felices aquí.» Y, por supuesto, su jardín: «Me encanta. Aunque mi hermano y ‘mi Pepe’, el jardinero, han plantado lo suyo, a mí me gusta hacerlo también. Mi problema es elegir plantas compatibles con mi alergia, pero con los pacíficos (hibiscos), la buganvilla y las calas lo he conseguido».