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especial
NANI MARQUINA
Premio Nacional de Diseño 2005, Nani Marquina es la primera mujer que lo consigue. Tenaz hasta la médula, no paró hasta encontrar en Sant Gervasi, el señorial barrio barcelonés donde pasó la niñez, su casa ideal: un piso de los años cuarenta al pie del Tibidabo.
LA DISEÑADORA posa en su terraza con la franca sonrisa que la caracteriza.

Sus rompedoras alfombras, objeto de deseo en todo el mundo, la transportaron velozmente al Olimpo de los diseñadores ya en los ochenta. Dos décadas después, la impecable trayectoria de Nani Marquina se ha visto reconocida por fin en España con el Premio Nacional de Diseño 2005. Una distinción de la que se siente doblemente orgullosa, puesto que es la primera mujer en obtenerla y, además, de la mano de una pequeña empresa textil. "Siempre se lo habían dado a compañías grandes o con más variedad de producto. Creí que nunca accedería a un premio así, por eso me hace más ilusión", nos cuenta con una sonrisa impresionante, de esas que seducen sin proponérselo. De voz pausada y mirada serena, da la sensación de ser una persona que asume los éxitos con la naturalidad de quien aúna talento y esfuerzo para llegar a su meta.

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Como era de esperar, las creaciones de la diseñadora -"si tuviera que elegir entre todas me quedaría con Cuadros, porque marca un antes y un después en el catálogo"- realzan el suelo de parqué en casi todas las habitaciones de su casa. Aunque son muchos los que conservan como auténticas obras de arte las alfombras de la firma, Nanimarquina, a ella no le molesta en absoluto que su perra Tecla pasee a sus anchas por encima; las seis que tiene -confiesa sin tapujos que una la adquirió en Marruecos- son perfectamente "pisablesī. Incluso se ha inventado un chill out tapizándolo enteramente con alfombras de rayas en diferentes tonos. "Decidí ambientar el espacio como si fuera una jaima y usarlo para relajarme y aprender meditación, aunque luego no lo he hecho", admite. Y es que Nani no se da tregua. Pasa mucho tiempo trabajando fuera de casa y cuando está en ella, siempre tiene algo de lo que ocuparse, "sobre todo, de cuidar mis cosas y tenerlas bien ordenadas. No poseo objetos de gran valor, pero me hace ilusión colocarlos a mi gusto, en especial los recuerdos de viajes". Algo que se percibe en las colecciones que decoran las estancias: "Me interesa todo lo que sirve para contener -teteras, cajitas, botellas- y también lo que proporciona la naturaleza -semillas, ramas, arena...-. Es como si quisiera retener algo de los sitios donde voy".
A la diseñadora le gusta recibir en su casa sin formalismos. Prefiere que prepare la comida su pareja, el fotógrafo Albert Font, y encargarse ella de la ambientación: "Para cocinar tengo que estar de buen humor. En cambio, me gusta mucho poner la mesa e improvisar los detalles". Teniendo en cuenta la cercanía y calidez que destila la anfitriona, seguro que los invitados se sentirán felices.





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