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Abre la puerta despacio y nos saluda brevemente con la cortesía tranquila y distante de un auténtico gentleman. Un sencillo gesto con el que nos permite acceder a su mundo secreto, el de su casa. Y nos adentramos en ella con cierto remordimiento por haber obstaculizado la labor del escritor: «Las interrupciones me ponen de mal humor, es difícil que la gente lo entienda. Escribir requiere una gran concentración para salir del mundo real y entrar en otro; si me molestan, debo comenzar todo el proceso de nuevo».
La vivienda de Eduardo Mendoza es un amplio piso del centro de su Barcelona natal, situado en un edificio del arquitecto Eusebi Bona, autor también del Palau de Pedralbes. Se trata de un espacio minimalista donde lo más importante es el continente. «Es una casa muy bien hecha –nos confirma el escritor–. El arquitecto tenía un gran sentido de la luz». Un escueto mobiliario decora los ambientes, con sillones estratégicamente situados para favorecer la lectura: «Tengo muebles porque no hay más remedio. Pero si pudiera prescindir de ellos y vivir sólo con la arquitectura, lo haría sin ninguna duda».
Con una gran proyección pública, Mendoza es en realidad un gran tímido que no oculta este defecto-virtud: «Para mí, el anonimato es algo fantástico. Yo soy un hombre aburrido que quiere estar solo». Le contesto, de forma casi grosera, que no creo lo que me dice, que no puede ser como él se califica. «Me aburro conmigo mismo –insiste–, por eso invento historias. Puede que tenga un discurso interesante, pero como persona soy un muermo».
Resulta químicamente imposible aplicar el adjetivo muermo a un hombre con su talento creativo, así que preferimos pensar que es la capa defensiva del introvertido que poco a poco nos permite conocer su cotidianeidad: «Escribo a mano y con pluma. Tengo unas doce y alguna es una verdadera antigüedad. Entre las que más aprecio está la que heredé de mi padre». Al entrar en el despacho intentamos imaginar a Eduardo Mendoza sentado frente a su mesa, distribuyendo los montones de fichas y cuadernos en los que ha ido anotando las ideas y los datos que acabarán siendo una novela: «Me gusta ponerlos encima de la mesa, por orden». Luego el trabajo terminará en el ordenador. Pero eso ya es otra cosa.
Probablemente, no haya un personaje literario con el que sea posible conocer Barcelona en toda su amplitud. Sin embargo, podría decirse que Eduardo Mendoza es, aunque a él no le guste nada que lo definan de tal forma, uno de los cronistas de esta ciudad, la cual vive, respira, late en todas y cada una de sus novelas. Miles de personas han redescubierto Barcelona tras la lectura de La ciudad de los prodigios, una obra que hoy ya es de culto y que demuestra que una historia local puede ser universal. Y es que todas las historias tienen algo de universal.
Nuestro protagonista tardó tres años en terminar su primera novela, La verdad sobre el caso Savolta, de la que realizó tres versiones. Era entonces un joven abogado que escribía en secreto y al que habían rechazado su primer manuscrito. Con 27 años se presentó a una convocatoria para ser traductor de la ONU y ganó. Se fue a Nueva York huyendo de los restos de una España gris: «Lo realmente gris era mi vida». Justo antes de marcharse, Pere Gimferrer, que entonces trabajaba en la editorial Seix Barral, le dijo que le publicarían el libro. Gimferrer siempre ha tenido buen ojo para descubrir nuevos talentos.
Eduardo Mendoza dejó Barcelona con la dictadura y regresó cuando los socialistas llegaban al poder en 1982. Habla seis lenguas y prefiere leer las obras en el idioma original, aunque no lo conozca: «Es como aquel al que le gusta caminar por la calle o la montaña. A mi me encanta encontrarme con piedras y zarzas. Leo las palabras una por una y me asombran. No entiendo nada pero aprendo mucho».
Insatisfecho permanente –«nunca estoy contento con mi última novela, por eso continúo escribiendo»–, en ningún momento creyó que pudiera vivir de los libros. Ni cuando a los cinco años escribió su primer cuento.