ANTONIO PERNAS Y MARÍA FREYRE
Matrimonio perfecto también en el campo profesional, los modistos Antonio Pernas y María Freyre, han encontrado en esta casa en un pueblo gallego el lugar ideal para estar en contacto con la naturaleza y reunir a toda su gente.
Los libros, que copan las estanterías y se ven abiertos en todos los rincones, son el tesoro de María. El modisto, sentado aquí en una silla Wassily, de Marcel Breuer, producida por Knoll, prefiere sus instrumentos musicales.
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Antonio iba para ingeniero, pero el negocio textil familiar se cruzó en su camino y se convirtió en el germen de su exitosa carrera como diseñador de moda. María estudió Lengua y Civilización francesas, e interiorismo, y durante más de treinta años, desde que se casaron en 1972, ha sido el cincuenta por ciento de la marca Antonio Pernas. Juntos tienen, además, tres hijos que parecen llevar la creatividad grabada en su código genético. Con ellos ha creado María su nueva empresa de moda y decoración, Now by María Freyre –que en breve presentará su primera colección de ropa–, y con Plata and Font, el estudio de arquitectura que coordina uno de ellos, Ton, han levantado la casa en la que viven.
La vivienda está situada en un núcleo rural cercano a A Coruña, la tierra natal de la pareja. «El lugar, que conocimos hace años –relata el modisto–, nos encantaba por el entorno y la tranquilidad. Compramos la casa –a medio construir–, paramos la obra y le encargamos al estudio de Ton rehacer el proyecto para acomodarlo a nuestros gustos». Los cambios afectaron sobre todo a la distribución: «La dejamos lo más diáfana posible porque queríamos una vivienda práctica en la que poder recibir a mucha gente, familia, amigos... Además, ampliamos todos los huecos exteriores para abrirla a la luz. Espacio y luz, no queríamos más».
De la decoración se encargó María: el blanco como color dominante para acentuar la luminosidad, la calidez de los suelos de madera y los tejidos naturales, y muebles, pocos, de diseño para lograr ambientes funcionales: «Parte de las piezas eran de nuestros hijos o amigos y otras llevan con nosotros mucho tiempo de casa en casa. Tratamos de cuidar y valorar los objetos, y de aprovechar su vida». Un reciclaje emocional que aflora también en los recuerdos que la diseñadora conserva: «Con los años me he vuelto fetichista. Ahora guardo todo lo que tiene un valor sentimental para mí: un cuaderno de dibujo de los niños, una postal de mi madre en la que dice que me quiere...»
A los dos les gusta pasar tiempo en casa, sobre todo desde que tienen nietos: Cloe, de tres años –la vivienda se llama La Casa de Clo-Clo por ella–, y un bebé que nacía al poco de realizar esta entrevista. «Cuando estamos con Cloe en su habitación es uno de los mejores momentos –coinciden ambos–, pero también nos gusta contemplar el paisaje y disfrutar del lado espiritual que posee el lugar». «Y es que esta casa encierra algo mágico –asegura Antonio Pernas–, al poco tiempo de vivir aquí tuve la sensación de haber estado siempre».