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Ha vivido a caballo entre Galicia, Asturias, París y Nueva York, aunque actualmente reside en Madrid, y va sin filtro por la vida porque no quiere que nada le robe la libertad de ser ella misma, Laura Ponte. Me recibe en vaqueros, sin maquillar, con unas manoletinas bordadas al estilo oriental que no enmascaran su estatura. Sus ojos revelan una curiosidad inagotable que se traduce en mil proyectos distintos: «No es que sea inconstante, lo que pasa es que me gusta probar cosas diferentes. Un día escribo en una revista, otro hago de estilista, hoy quiero pintar, mañana voy a ser fotógrafa... Ahora, por ejemplo, estoy diseñando mi primera colección de joyas y también estudio la posibilidad de hacer algo en el cine». Sorprende la gran sencillez de esta modelo gallega que ha conquistado la fama de la mano de firmas como Valentino, Lagerfeld, Hugo Boss, Christian Lacroix y Vogue, entre otras, y que, tras su enlace con Beltrán Gómez-Acebo, ha entrado a formar parte de la familia real.
Entre las múltiples pasiones de Laura Ponte se hallan la arquitectura de interiores y la decoración, de las que extrae sus propias conclusiones: «Yo creo que la casa tiene alma y hay que saber respetarla, hacerla tuya. Cuando vivía en Nueva York, como es una ciudad muy impersonal, necesitaba tener una vivienda que me abrazara al llegar, que me diera la sensación de haber vivido conmigo desde siempre, y por eso la monté como si fuera mi residencia definitiva». Su ático de Madrid, un luminoso espacio reformado por Ramón García Jurado, también se adapta a ella como una segunda piel y cada mueble, cada objeto, tiene una historia, un lugar y un sentido: retratos adquiridos en mercadillos y anticuarios porque le encanta rodearse de gente, adornos navideños que expone los 365 días del año puesto que la Navidad es un estado de gracia para ella, cientos de libros curiosos y tratados antiguos sobre la historia de la moda, cuadernos de dibujo con sus bocetos apilados en la mesa del salón, candelabros y velas de todos los tamaños que dan un aire decadente al interior, una piel de vaca en el suelo del salón que pensaba convertir en una «megavaca» con otras pieles a juego, muebles adquiridos en subastas o viajes, heredados de su familia o recuperados directamente del contenedor... «Me apasionan las antigüedades en estado puro, sin restaurar, porque tienen su historia. También me divierte mucho transformar cosas, como esta lámpara que me regaló mi hermano, a la que le dibujé unos topos en la pantalla para que fuera más yo. La verdad es que hago mezclas increíbles porque la sensación que me provoca ese contraste me resulta muy agradable».
Se nota que la casa de Laura está muy vivida, parece que ha crecido con ella, aunque, según confiesa, «hace apenas un año que he empezado a disfrutar de verdad de este piso. Y es que cuando dejé la pasarela y regresé a España, me encontré con una vida hecha, con mi familia, mis amigos, mi novio... Era algo completamente nuevo para mí y tardé bastante en asimilarlo, ya que había vivido a un ritmo de vértigo y necesitaba tiempo para encontrar mi sitio y darme cuenta que lo que quería realmente».
Su sello personal está presente en cada detalle para agradar al que lo contempla y sorprender al que no la conoce. «Para mí, la casa debe ser el espejo de quien la habita y ésta, si te fijas, dice mucho de cómo soy y cómo me muevo por la vida. Por ejemplo, todas las habitaciones, excepto el baño, están abiertas porque no tengo nada que ocultar, y he dejado el espacio central del salón vacío para poder mover los sofás cuando vienen mis amigos o por si un día me apetece bailar». La libertad de movimientos es una constante vital de la modelo, forma parte de su esencia, y piensa compatibilizarla también con el matrimonio: «Tenía muchas ganas de dar ese paso y no creo que por ello tenga que renunciar a ser yo misma. Además, nosotros somos muy parecidos y aunque a veces vayamos por caminos diferentes, al final siempre llegamos al mismo sitio. De momento, ya he empezado a proyectar mentalmente nuestra futura casa: será grande y con ambientes independientes para que cada uno tenga su espacio».