EL ARTE EN EL JARDÍN
La escultura eleva -y de qué manera- el interés de una pradera, ejerce de sorpresa en un recodo... Sus efectos estéticos y emocionales varían según su colocación: te contamos cómo obtener el mayor disfrute visual.
INFLUENCIA ZEN
En el tipo de elementos enfrentados: un rotundo bloque
de granito oxidado
y colonizado
por el musgo y la verticalidad de la escultura de acero cortén, obra de Vicente Sánchez.
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Un momento de reflexión previa: ¿Nos gusta realmente tanto la obra elegida que nos agradará verla a diario? ¿Tenemos un lugar dónde colocarla o hay que prepararlo? En la buena relación de la escultura y el espacio alrededor está el quid del éxito. Se trata de acertar con el tamaño y forma, con el material y estilo, con la luz y distancia.
Las reglas de colocación que permiten apreciar una pieza escultórica son muy pocas y de pura lógica. A saber, un fondo uniforme y que haga de contraste, como un seto oscuro y alto bien podado; un pedestal neutro –piedra u hormigón– si queremos acercar la escultura al nivel de la vista y elevarla sobre la vegetación; también merece la pena buscar los mejores encuadres desde las ventanas de la casa y aprovechar el efecto del reflejo en una lámina de agua para mayor impacto.
Además, una escultura inter- actúa con otros elementos del jardín: da escala a un claro entre árboles o una pradera, hace más interesante un camino al encontrarla al final de un eje o ejerce de sorpresa en un giro. Y siempre es mejor una buena obra, aunque sola, que muchas poco definidas.