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Lleva veinte años en nuestro país y en este tiempo se ha posicionado como una de las figuras más creativas y originales del panorama actual. Arquitecta y doctora en Bellas Artes, los trabajos de esta arrolladora italiana no dejan de sorprender. Así, su intervención en varios aparcamientos de Madrid –en la plaza Vázquez de Mella o en el hotel Puerta de América, por ejemplo– ha mostrado que estos lugares pueden ser acogedores y, quién lo iba a sospechar, alegres.
Nos recibe en su vivienda madrileña, un espacioso piso con una luminosidad que deslumbra. El color blanco lo inunda todo. Paredes, suelos –de parqué pintado en este color– y mobiliario crean un lienzo inmaculado que ejerce una función terapéutica en la arquitecta: «Mi vida es polícroma. Trabajo con infinidad de colores y, al llegar a casa, necesito descansar en blanco. Yo quiero que mi hogar sea como un convento, un lugar de recogimiento en el que desconectar de lo mucho que veo a diario». Dicho y hecho.
La decoración es ecléctica, un conjunto de piezas de diferentes épocas que ha reunido con los años.
«Mi casa es lo que me sigue: muebles heredados, piezas que me han devuelto de proyectos, objetos que compré y otros que he encontrado, recuerdos...», afirma. En definitiva, la vida reflejada en el hábitat. «Es muy raro ver casas personales. La gente se preocupa más de transmitir un estatus social que de reflejar su esencia, su mundo, aunque para ello las cosas no tengan que ser necesariamente bonitas. La personalidad es atractiva; la imperfección, bella».
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