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LORENZO CAPRILE
Sencillez y naturalidad. Esa es la regla número uno. «En el vestido que, claro está, debe reflejar la personalidad de la novia, pero también en lo demás: la elección del lugar, el menú, los adornos florales, los detalles...».
Elegancia es sinónimo de discreción y coherencia. Una boda es, quizás, uno de los pocos momentos en los que «nos está permitido dar rienda suelta a nuestras fantasías. Pero ¡cuidado!, no es una fiesta de disfraces».
No se lleva el «todo a juego». Pasaron los tiempos del coordinado total, invitaciones, pajes, novia, flores... Espontaneidad es la clave.
Siempre flores frescas, sin duda, «en arreglos sencillos y naturales que transmitan frescura». Huye de los artificios en la decoración.
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